Al principio de mi carrera, pensaba en la política como aquello que ralentizaba los programas. Procesos de aprobación de políticas. Requisitos de cumplimiento normativo. Marcos de política que parecían desconectados de las realidades sobre el terreno. Las personas que hacían el trabajo real estaban en el campo. Los responsables de las políticas estaban en la capital, tomando decisiones sin suficiente información.
Esta visión no era del todo errónea. Los procesos de política pueden ser lentos, estar mal informados y ser capturados por intereses que no representan a las comunidades a las que se supone deben servir. Todo eso es cierto.
Pero es una imagen incompleta.
Lo que he llegado a comprender es que la política es el espacio donde se crean o se destruyen las condiciones para una salud pública eficaz. Un sistema de vigilancia técnicamente excelente pero no integrado en la política y la regulación no recibirá financiamiento, personal ni protección cuando cambien las prioridades políticas. Una intervención de salud digital que no esté alineada con la política nacional de datos generará riesgos legales y éticos que, con el tiempo, pondrán fin al programa. Una estrategia de inmunización que contradiga la política nacional de salud enfrentará la resistencia de las mismas estructuras gubernamentales necesarias para implementarla.
El profesional de campo que dice "solo quiero hacer el trabajo, no la política" describe una preferencia que entiendo, pero una postura que, en última instancia, es insostenible. Porque las condiciones para hacer bien el trabajo son políticas. El financiamiento, el personal, la autoridad legal, los mandatos institucionales, los mecanismos de coordinación interinstitucional: todo esto se determina a través de procesos de política.
Esto no significa que todo gestor de programa deba convertirse en especialista en políticas. Pero sí significa que la implementación eficaz de un programa requiere alfabetización en política: entender qué exige y qué prohíbe el marco de política vigente, saber quiénes son los responsables de la toma de decisiones pertinentes y cómo llegar a ellos, y ser capaz de traducir la evidencia de campo a un lenguaje útil para quienes formulan las políticas.
Los mejores profesionales de salud pública con los que he trabajado son capaces de moverse entre la implementación en el terreno y el diálogo de políticas sin perder eficacia en ninguno de los dos. Esa combinación de habilidades es poco común y valiosa, y todavía la estoy desarrollando.